El beso de despedida se da en el tercer escalón de la puerta de tu casa. Muy fácil. No hay medias tintas, o tintas y media. Cuando se siente, se hace con todas las de la ley, y el protagonista es capaz de dar la vuelta la mundo por ella, o por él. El mundo se confabula para que la historia de amor salga bien, y la recuerden el resto de sus vidas como la más especial. En la vida no es así. Cuando tu sientes, la otra persona no lo hace o prefiere olvidar. Cuando por el contrario, alguien se enamora de ti, tú no te ves capaz de darlo todo. Y así vamos viviendo, olvidando y rehaciendonos por dentro. Recomponiendo los pedacitos que se llevan algunos, recogiendo los que otros dejan por el camino. Tal vez sólo se trate de comprender que la vida no es una película. Los hoteles de segunda clase con la escalera de madera y pared de terciopelo solo existen en tu imaginación. Los gatos callejeros que sonríen cuando pasas están en tus sueños. Absorber el mar de todo el universo y meterlo en una botella es un imposible. Los corazones suelen estar medio vacíos, o medio llenos, pero de lágrimas. Las casas antiguas nunca albergaron las historias que imaginas. La gente solitaria que viaja en avión nunca tiene a nadie esperándole en el aeropuerto radiante de felicidad. Los besos que se dan entre la lluvia siempre terminan aguados. Los corazones dibujados en la arena se deshacen con la siguiente ola. Los deseos de las estrellas fugaces tienen una lista de espera de 250 años, así que nunca llegaremos a ver cuando se cumplen. Todo lo que llega, acaba yéndose. Y ahí terminas tú, sola. Preguntándote en qué punto del camino escogiste el equivocado, cuántos deseos echaste a perder, cuántas veces cosiste tu corazón... y te das cuenta de que cada vez te quedan menos hilos.Que caminas en blanco y negro, y cada segundo, crees un poco menos en las películas.
