Allí bajo un puente pegado a un estanque con ranas, todo era posible. Las mesas caminaban, las lámparas proyectaban sombras imposibles, los servilleteros de los bares bailaban swing y el café sabía a lo que tu quisieras. Las personas se sentaban como los indios en sofás de terciopelo azul, tomaban cafés con sabor a... y dibujaban lo que querían que se hiciera realidad. Con los ojos cerrados aparecías en una isla desierta con demasiado calor. Y al siguiente instante, en el mejor pueblo de Italia con una batido en la mano. Los recuerdos bonitos podían revivirse y la música siempre presente. Músicos callejeros, sabios de otro tiempo, trovadores, magos e ilusionistas haciendo el mundo un poco más bonito e irreal. Pero faltaba lo más importante había días en los que no sabía como llegar a ese mundo y se hundía en la realidad. Aquí la gente no viste con colores, los gatos no te miran al pasar y ya ni sueñan, solamente viven. Tenía miedo de ser otra persona gris, de olvidar para siempre el mundo que había creado.
Hoy quiero un café con sabor a viaje interminable.