Temporal de fuego.

Llueve demasiado, la taza de café tiembla y la cuchara emite un ruido que asusta. Aquí, en el país de los deseos imposibles y sueños que no se cumplen está cayendo más agua que nunca. De los ojos a las manos, y al revés. Será culpa de los lunes que si encima llueve se hacen más nostálgicos. Cuento días hacia atrás y hacia delante, pero no me muevo del sitio. Voy añadiendo horas vacías a la libreta de momentos felices. Resto tristeza e intento sumar sonrisas. Será que aunque me pierda por las calles y beba hasta olvidar lo único que hago es recordarte más. Rabia, sangre que bombea por dentro. Queríamos cambiar el mundo y el mundo se olvidó de nosotros. Lanzamos preguntas al aire y sólo nos contestó un eco perdido que andaba buscando algo que hacer. Mientras tanto, la gente pasa sin mirarte a los ojos, sin darse cuenta de que esperas a la nada. Maga perdida en medio del asfalto, que cultiva el amor por lo perdido. Que busca sin cesar entre los faros de los coches una luz que no sea artificial. Y en un muro la frase que le diga: algún día alguien te hará la más feliz del mundo. Cuando era pequeña, y no aguantaba como la gente chillaba, me escapaba corriendo a la explanada que hay delante de mi casa. Me sentaba, abrazaba mis piernas y lloraba pidiendo que alguien me salvara. Yo sólo quería que alguien viniera en mi busca, me cogiera de la mano y me hiciera volver a casa. Que me abrazara antes de dormir, me tapara, y me dijera buenas noches. Y hay cosas que por mucho que pasen los años, no cambian. Y aquí ya no hay nadie que me salve.

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