Me sumerjo en mil mundos.

La música logra amansar todos los sentimientos que quieren explotar en mi interior. Y lanzarme al asfalto corriendo hasta perderme para no volver. Que algún coche desconocido me de las luces, ilumine el camino, ya que nada lo hace en estos días, y ya de paso, escapar con su conductor. Contarle mi vida entera, en prosa y en verso, y entre medias unas risas por la situación. ¿Sabes qué le diría? Que llevo toda mi vida queriendo quedarme al lado de alguien mientras los demás huían. Y que por desgracia, siempre me quedaba sola. Qué cosas. Y que las montañas en invierno están tan solitarias como nostálgicas, y claro, yo había nacido para ser feliz, tenía un sentido extra que me hacía valorar las pequeñas cosas y esperando algo, ese sentido se cegaba. No puedo dejarle, tiene que seguir asombrándome el sabor a café todos los días. También le contaría, que en veinticuatro horas, regalo dos mil sonrisas. Pase lo que pase quedan cosas por las que luchar. Le contaría mi secreto: Adoro el calor del asfalto por las noches. Y eso nos haría cómplices de algo, cómplices de un secreto que ahora, ya sabéis. Tengo unas ganas alocadas de huir en medio de la noche, y que ese desconocido seas tú. Un desconocido demasiado familiar. Aventuras, música de fondo y besos interminables. Las montañas viéndose desde el coche. Quizá nunca pase, en cambio de volar se un rato. Sé que no acostumbro a hacerlo sola y ya nadie me coge de la mano. Esa es la rabia de las sonrisas de fotografía. Instantáneas, y congeladas. Seguiré buscando la adrenalina para que el corazón me de un vuelco, me aburre pasar por la vida sin hacer ruido. Y si no huyo contigo, lo haré en solitario hasta que encuentre una de esas señales.
(Se aconseja abrir el enalce superior)