Me escapé muy lejos, y el gris nocturno de la carretera seguía siendo el mismo. Mis ojos cada día más viejos nunca se casan de vivir aventuras. Siguen brillantes, soñadores, perdiéndose en las llanuras y las nubes horizontales. Conocí un parque, el ajetreo del metro en una pequeña ciudad, cómo es un viaje cuando se planea apenas un par de horas atrás. En un diálogo conmigo misma llegué a la conclusión de que en eso consistía vivir. Tanto ir y venir, tanta apatía los días grises, tantas sonrisas en las horas felices. Me perdí entre la multitud y fue una liberación, sin móvil, sin nada, sólo yo. El resto eran desconocidos, y en medio, yo. Entre sus historias. Y aquí estoy, alargando lo máximo los días. Aprenderé el significado del nunca, del quizás y lo empaparé con lágrimas hasta que ya no duela. Seguiré escapándome y renovándome, que no hay mejor placer que viajar y perderse en el infinito al mirar hacia los lados. Que todas las noches sean de luna llena y si a media noche me echas de menos, tan sólo grítalo, que tal vez el viento me acerque un poco más. Pero grítalo sabiendo que lo gritas.