Hoy me apetecía distorsionar la realidad, mirarlo todo con otros ojos. Mientras esperaba el autobús ha aparecido una mujer con un vestido hecho con ramas de un rosal, y rosas, por supuesto. Al caminar, los pinchos rozaban su fina piel, pero ella, sonreía mostrando orgullosa la belleza de la prenda. En el autobús, había demasiadas personas, a penas había asientos esta mañana. Enfrente mía iba una pareja. El hombre tenía los ojos tan azules que atravesaban el alma, y en cambio ella, tenía la mueca más triste que he visto en mi vida. Se apoyaba en él. Me los imaginé haciendo el amor toda la noche, todas las noches del tiempo que llevaban juntos. Ella estaba triste, porque pese a tenerle, el mundo se derrumbaba a su alrededor. Siempre pasa, la mala suerte se esconde detrás de las esquinas, o en las pelusas de algún bolsillo de un viejo chaquetón. Al bajarme del autobús el frío era demasiado intenso. Se congelaban las puertas y los viandantes parecían petrificados con cada paso. En la dársena de al lado, en la pantalla del pequeño portátil que miraba atento, un chaval cualquiera, se veía la historia de la niña que esperaba el autobús porque ya nadie la esperaba a ella. Experta en hacer infinitos los domingos. Bonita historia con un no tan trágico final. Después del esperado fin, la mujer del vestido-rosal apareció riéndose a carcajada limpia.
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