Querida camarada.

¿Sabes, compañera? (Si, para mí, eres mi compañera, ni mi pareja, ni mi ex, ni el amor de mi vida, no, mi compañera, la que comparte ese espacio en el tiempo conmigo). Cuando te veo entrar por la puerta todo a mi alrededor hace 'pumpum', pero no es todo, simplemente es mi corazón dándome un toque de atención (eh tú, ¿creías que me había dormido?). Y no sé por qué simplemente quiero que cada mañana tu risa sea el inicio del día. Debo ser medio gilipollas porque me he aprendido todas las esquinas y todos los rincones de nuestro trabajo donde quiero besarte. Que cada vez que cierro los ojos me veo bebiéndote despacio, trago a trago. Y te pienso hasta que la noche empieza a dolerme. Y quiero pensar que, después de todo, va a ser cierto eso de que los milagros existen... y es entonces cuando quiero anudarme a tus muñecas. Me está costando comprender, compañera, que no eres el motivo: eres la explicación. Pero sigo imaginando. Me imagino retorciéndome entre tus sábanas mientras dejo que destroces nuestro pasado, como si de una nueva construcción se tratara: hay que derribar para levantar. Y me cuentas uno a uno tus secretos, tus silencios, tus gritos, tus miedos, tus pensamientos más obscenos, creando por primera vez una fusión subcutánea incapaz de disolverse. Hoy me has cogido por la cintura para evitar así que cayese de bruces al suelo, sin darte cuenta qué lo que hacías era elevarme al séptimo cielo durante algunos segundos.  Pero todo, compañera, se queda en un simple simulacro. Haciendo de mi vida puro teatro.