Posos de café caliente.
Si pensabas que cuando hablaba de huellas me refería a nuestras pisadas sobre la arena, un día cualquiera, después de unos cuantos orgasmos que retumbaban en las paredes de aquel coche destartalado... estabas muy confundida. Esas pisadas se las lleva el mar hacia dentro, a un lugar que ni tú ni yo podemos llegar (aunque creas que porque seas capaz de nadar hasta la última boya que alcanzo a ver, ya puedes llegar donde sea). No, estas huellas no son tan fáciles de borrar y no son visibles a los ojos (como lo esencial... ya lo sabes). Después de tanto tiempo, siguen por toda mi piel, dibujando mapas mudos (y ciegos), recordándome a cada instante que yo un día te quise siempre. Pero nada es para tanto, nadie espera tanto... y una de estas mañanas, cuando menos te(me) lo espere(s), podré decirte a susurros y a gritos que de pronto me olvidé de tu sonrisa de bicarbonato, del tiempo condicional del verbo y de la forma exacta de tu paladar. Lo prometo.