Una oblea, una sonrisa.



No existen diplomados capaces de tratar el amor cuándo duele. Ni dispensarios para reparar corazones que se rompen en pedazos. Como mucho se puede escribir, mirar la montaña y beber café caliente para matar las ganas de llorar con la amargura. Y al lado de mi casa no hay montañas, están muy lejos, como todos los sueños que estás dejando escapar. Y así no hay quien pueda oiga. Sobredosis de realidad. Demasiado gris en las calles aunque hacía un sol enorme. Me retumban por dentro tus recuerdos, y me grita el pecho que te necesita. Y entre las señales que te dejo voy perdiendo la calma... y las ganas. Quizá te olvidaste ya de que era un sueño o tal vez se te olvidó recordarme. Y dejar de creer en los finales de cuentos felices, hay más cuentos tristes mires por donde mires. 

Aunque yo, aún no quiero un final.