El oficio de él era dibujar ilusiones, y llenarlas de color. Podía pasarse horas imaginando para luego reflejarlo en el papel. Y ella adoraba verle pintar. Podía mirarle toda una tarde, y aún querer más. Mendigaba un beso cada cierto tiempo, que él accedía a darle haciéndose el remolón. Había dibujos en los que a penas se distinguía una silueta, pero igualmente preciosos. Mientras él dibujaba, ella se perdía entre palabras. Escribía a veces con la mente y a veces con un bolígrafo, prácticamente todo lo que vivía. Le gustaba escribir a lápiz entre las hojas de su 'bloc' un 'Te quiero' que él leería sonriente. Una vez que llegaba la noche siempre había algo que celebrar. Después venían las horas de sofá y alguna que otra película. En ella, los besos eran el mejor manjar y sobretodo regados de un buen wishkey. O malo, qué más da. Él era más arisco, disfrutaba de su soledad y se le hacía raro tenerla siempre al rededor. Temía acostumbrarse a su presencia y echarla de menos cada día. A ella le gustaba la luz tenue que ofrecía la luna cuando estaba llena. Y a él, simplemente perderse en su inmensidad una noche de cielo abierto.