No sé cuántos aviones has tenido que perder para comenzar a ganar nubes y estrellas. No sé cuántos dejaste en el camino para sentarte en la estación, esperando mi tren. Lo que sí sé es que ese día aprendiste que en un mismo día puedes descomponerte en miles de pedazos, y cinco minutos más tarde, creer que te mueres de felicidad. Sabes que desde el mismo instante en el que te sonreí, ya había ganado la partida.